Soplo de vida sucede en Bogotá, con locaciones en la céntrica Plaza de las Nieves, La Candelaria y sus alrededores y con apartados en pueblos circunvecinos a Armero, población devastada por la erupción del Volcán Nevado del Ruiz en 1985. Las imágenes de apertura son tomadas del archivo histórico de esa tragedia. Soplo de vida cuenta la historia de Golondrina (Flora Martínez), una mujer que huye del lugar y quien protagoniza varias historias de amor, todas fatídicas. La historia macro es su relación con su protector, Medardo Ariza (Álvaro Ruiz), un político en campaña electoral implicado en negocios turbios con paramilitares, influencias políticas, corrupción y abusos de poder del que se desprende toda la narrativa. Golondrina sobrevive su tragedia en medio del sopor y el éxtasis sexual; dama fatal, se va convirtiendo en madre, niña y amante para todas las figuras masculinas que convergen en la historia, además de Ariza: el detective Emerson Fierro (Fernando Solórzano), el boxeador en retirada (Edgardo Román), el torero en decadencia (Juan Pablo Franco) y un ciego que oscila entre informante y vigilante de Golondrina (César Mora).

Entre los dos largometrajes de ficción de Ospina, hay 16 años de diferencia, una brecha que habla de las dificultades por mantener una continuidad en la industria del cine colombiano y, al mismo tiempo, señala diferentes modos de producción para su supervivencia. El primero, Pura sangre, fue producido dentro del sistema de préstamos de focine. Al no poder cancelar las deudas, la mayoría de cineastas entregaron sus películas bajo la figura legal de “dación”, renunciando a los derechos patrimoniales. El segundo ilustra las peripecias de los directores colombianos que, ante el cese de focine en 1993, decidieron aventurarse por formas de producción independientes y renunciaron a la opción de sobrevivir haciendo televisión.