En cuanto pensé que el cine había muerto,

por lo menos para mí, el video fue la resurrección.

luis ospina. “vini, video, vici” (2003)


Ospina ha reconocido el video como un instrumento que le permitió a él —y a muchos otros cineastas— seguir haciendo cine. Justo frente a esa circunstancia, la reflexión titulada “Vini, video, vici: el video como resurrección” expone con relativa amargura su renuncia a seguir trabajando en formatos analógicos ante los costos y la falta de infraestructura en Colombia. El texto da cuenta de una capitulación premeditada que privilegia los soportes magnéticos (y eventualmente digitales) como única posibilidad de mantenerse en el oficio y resume la historia de Ospina y su relación con la cambiante tecnología del cine18“Vini, video, vici: el video como resurrección” en Oiga/vea: sonidos e imágenes de Luis Ospina. Cali, Universidad del Valle, 2011, p. 177-182. Originalmente publicado en El Malpensante, n.º 48 (agosto-septiembre 2003). . En el campo de los archivos y la arqueología de los medios, entendemos estos recuentos no sólo como historias sobre cómo se hacen las películas sino también como historias de maneras de ver, escuchar y tocar. No menos importante es el conocimiento experto que Ospina tiene de ellos; la fascinación que ostenta cuando toca el tema entra en confluencia con su voluntad de archivista. La pericia del director para trabajar con distintos medios abarca cine en pequeños formatos y en 35 mm, así como varios formatos de soportes magnéticos. Más importante, en sus reflexiones siempre se repasa el resultado de combinaciones ingeniosas entre película, soportes magnéticos y formatos digitales para filmar, visionar, editar y principalmente, preservar y dar acceso.

Con Todo comenzó por el fin en mente, Ospina emprendió por su cuenta el trabajo de restauración de muchos de sus materiales así como la actualización a formatos digitales. En la mayoría de casos, han sido procesos de restauración intuitivos y artesanales, más preventivos que exhaustivos. Desde siempre preocupado por el acceso a su trabajo, Ospina se ha dado a la tarea de entregar en diferentes lugares, autorizados o no para distribución, copias de su trabajo. Ha sido también una tarea de auto-curaduría que previene la circulación de copias tomadas de emisiones en televisión, duplicados de copias en vhs o dvd presentadas en compilaciones colombianas de poco radio de alcance y hechas con corto aliento en su difusión. Más allá de una práctica que contrarreste los problemas de distribución del cine, este ejercicio de dejar copias “por ahí” refleja la preocupación de Ospina porque la información circule. Sabemos que la razón de existir de un archivo es la preservación y continuación de la memoria; por tanto, el acceso es su principal objetivo. Al respecto, Ospina viene poniendo en práctica estrategias singulares hace tiempo. Gracias a sus propias iniciativas de acceso y circulación, se ha podido generar gran parte del archivo crítico sobre su obra. Más tarde, las redes sociales, en especial Facebook, se convierten en un gran aparato de autopromoción y difusión de su propio trabajo.

Con el decidido giro hacia el video, viene la consolidación de una obra documental que ha prestado mucha atención a los retratos. Si bien Ospina se define como “un observador, un voyeur, un tímido que se esconde detrás de una cámara”19“Mi último soplo”, Op. cit., p. 229. , su predilección por el documental y su inclinación por ese tipo de representaciones puede leerse también como una continuidad con los comienzos con Mayolo. Pensando en esos primeros trabajos, Ramiro Arbeláez señala la insistencia en personajes populares, anónimos y silenciados como Luis Alfonso Londoño (Oiga vea y Agarrando pueblo, los habitantes del barrio El Guabal y Dudman Poe, así como una serie de trabajadores y transeúntes de la ciudad, en un gesto de ética reivindicadora que apunta a personajes que “tienen su historia y habían sido sistemáticamente silenciados”. Agrega Arbeláez que ése es el caso también de los trabajos que “pertenecen al universo de los artistas”. En ellos se busca “rescatar una obra olvidada, silenciada o desconocida por la historia oficial”20Arbeláez, Ramiro, “Introducción”, Oiga/vea: sonidos e imágenes de Luis Ospina. Cali, Universidad del Valle, 2011, p. 11-12..

Un apartado entero del archivo fílmico de Ospina corresponde a largometrajes documentales en video que tienen como denominador retratos de artistas y escritores: Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos (1986), Antonio María Valencia: música en cámara (1987), Autorretrato póstumo de Lorenzo Jaramillo (1993), Nuestra película (1993), La desazón suprema: retrato incesante de Fernando Vallejo (2002) y Un tigre de papel (2007).