De su propio archivo, Ospina guarda todo lo relacionado con la producción de su trabajo fílmico: los materiales de investigación previos a sus películas, recortes de prensa, volantes de promoción, programación de retrospectivas y correspondencia, entre otros. Después de pasar por barrios caleños como Versalles, Centenario y San Antonio, los materiales finalmente encontraron un espacio en el apartamento de Ospina en el barrio Chapinero de Bogotá. Como en todo cambio de espacio, las reubicaciones obligan a purgas y es así como muchas revistas, tanto en español como en inglés, de las que Ospina era suscriptor, dejaron de estar entre sus pertenencias. Parte de las colecciones, junto a aparatos cinematográficos, fueron donadas a la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano. Algunas cámaras como su Arriflex 35, una Bolex y cámaras que heredó de su papá siguen guardadas en su apartamento.

Sobre esta cantidad de material bibliográfico, fílmico y objetos coleccionables se hace oportuno pensar qué no se ha dicho. Por un lado, el mismo Ospina tiene preocupación por no repetirse y, por otro, la claridad respecto al mito que ha creado y en el que se ha convertido. Con ocasión de los preparativos para el tributo en Cartagena (2016), Pedro Adrián Zuluaga encabeza una entrevista con el director con estas palabras:


Luis Ospina es un creador de mitos. Y un mito él mismo. Cuando le pregunto si es consciente de esa condición y del peligro de inmovilidad que acarrea, asiente. Se levanta de una silla que tiene la imagen de John Wayne en el espaldar, camina por su apartamento de Chapinero (Bogotá) y regresa con una billetera que tiene el rostro suyo y que un amigo compró en la calle. “El peligro es repetirse”, advierte. Al comienzo de la entrevista, me dijo que disponía del tiempo que fuera necesario, y que lo único que le preocupaba era decir lo mismo de siempre.6Zuluaga, Pedro Adrián, “Los documentalistas siempre estamos filmando lo que está en tránsito de desa- parecer”, Entrevista a Luis Ospina, Kinetoscopio, Vol. 26, n.º 113 (enero-marzo 2015), p. 37-42. Nota de la autora: la fecha impresa es 2015; la edición es de 2016.


Con esta antesala, en las siguientes páginas intento no repetir la cronología crítica del trabajo de Ospina sino pensar su trabajo en relación al archivo y a cómo éste sostiene la construcción y autoconstrucción de su propio mito y el de su generación. Un primer cuestionamiento es pensar si es factible desorganizar la trayectoria lineal del trabajo del director, presentada varias veces en los innumerables trabajos críticos. Si Todo comenzó por el fin aparece como una gran suma, las referencias a su cine (y al de Mayolo) aparecen dispuestas al capricho de cómo las películas informan la organización y división particular de los episodios de este documental. Prestar atención a esa organización del archivo obliga, entonces, a pensar qué manera de organizar las películas se puede proponer y qué otras arqueologías de la imagen y de la historia fílmica de Ospina pueden darse a partir de Todo comenzó por el fin.

Por constricciones de espacio, es imposible cubrir toda la filmografía de Ospina en estas páginas. Para tener una referencia del archivo fílmico de Luis Ospina anexo una lista autorizada de sus obras, organizada por él en forma cronológica. De ese inventario, me concentro en aquellos trabajos que tienen alta incidencia a nivel de archivo y memoria en Todo comenzó por el fin. Y como en todo archivo, en algunos pocos tesoros perdidos o desenterrados que a mi modo de ver, conversan con este ambicioso documental de Ospina.





Todo comenzó el jueves pasado cuando Mayolo y La Rata salieron

a filmar la llegada de los ciclistas de la Vuelta a Colombia.

Yo me quedé en casa grabando del radio.

luis ospina. carta a andrés caicedo, junio 24, 1973


Es difícil escapar a la organización cronológica que Ospina propone por la raíz que su obra tiene con una relación familiar con el cine y por la fuerte conexión de sus primeros trabajos con el Grupo de Cali. La infancia de Ospina está marcada por la afición de su padre al cine, que con su cámara filmaba travelogues, celebraciones familiares y otras producciones amateur. Su padre era un aficionado a las cámaras, a la magia de la proyección y, por tanto, también compraba westerns, animaciones y documentales para exhibición casera. Restos de ese material terminan reciclados en un cortísimo trabajo titulado El bombardeo de Washington (1972), “un film experimental hecho con materiales de archivo encontrados montados de manera que se crea la ilusión de que Washington es bombardeada desde el aire”, según la reseña de la página web de Ospina. Ese documental aparece incorporado en su totalidad en Un tigre de papel (2007).

Un año antes, en 1971, durante su paso como estudiante de cine en la Universidad California en Los Ángeles (ucla), Ospina había filmado Acto de fe, un trabajo de semestre basado en "Eróstrato" de Jean Paul Sartre, del cual sobreviven también los apuntes para el rodaje y el guion. Antes de eso, en 1964, Ospina había hecho Vía cerrada, un corto argumental cuyo contenido aparece reseñado en la página web como “un joven, aburrido en Cali, toma un tren y se encuentra con su propia muerte”. Ospina lo tacha frecuentemente de las filmografías, pero no lo borra. Puede pensarse en ese primer trabajo como una película huérfana, no en el sentido de estar abandonada por su director sino mejor, una película sin exhibirse y sobre la cual Ospina se reserva los derechos de circulación. Vía cerrada y Acto de fe anteceden su trabajo de codirector con Mayolo; El bombardeo de Washington lo intercepta.