LG: ¿Para el teatro es grave, sí. Es interesante lo que tú decías; por ejemplo estaba pensando en Neruda... Neruda es una película de actores; todos éramos actores, algunos con mucha experiencia y otros con menos, pero en general disfrutábamos de eso, porque era una película de actores.

Ahora, a todos nos ha tocado trabajar con gente que no es actor y, como decía Marisa, que por lo general nunca hacen carrera. Por lo general es un “coñazo” trabajar con ellos... de hecho dicen que eso de trabajar con niños... con animales... Pero es interesante lo que pasa cuando ellos se enfrentan a esa primera vez, con esa mirada prístina o con esa ausencia de ansiedad. Debo confesar que me molesta un poco, uno se desacomoda un poco, pero finalmente es interesante ver lo que pasa, observar qué les pasa a esas personas, como fenómeno, siempre y cuando integren esto que tú decías, que es muy bonito, esa sensación de que esto es un trabajo de equipo. Es interesante ensayar pero cuando ensayamos con vocación de conocernos. Digamos, cuando ensayamos no para rigidizar algo sino para limpiarse más que llenarse de cosas.

Pablo Larraín, el director de Neruda, justamente va en el sentido contrario y me ha convencido que ése es el camino en el que hay que ir: justamente ensayar poco, que sea todo lo más espontáneo posible. A mí personalmente me gusta no ensayar, me acomoda que sea algo más espontáneo, pero por otro lado tengo la necesidad de cierta estructura, de esto que tú dices como de aferrarse a algo, anclarse, un marco de referencia. Por tanto yo creo que es bueno hacerlo siempre y cuando, insisto, se haga... Tú te puedes sentar y conversar y conversar y conversar, y esa conversación no va a ninguna parte. Muchas veces a partir de una conversación absolutamente nimia, absolutamente intrascendente, tú terminas en un viajecito de cinco minutos conociendo de verdad a una persona. Entonces siento yo que es bueno ensayar porque creo que nos ordena un poco —yo necesito ciertos órdenes—, pero siempre y cuando se haga como lo hacen aquellos actores que no tienen experiencia, como con esa ausencia de...


AC: Juicio.


LG: ¡Juicio! O de prejuicio. Si yo llegara al set como llega esa gente, siempre con esa primera vez, siempre con esos primeros nervios, con esos primero terrores también. Ahí hay algo que recuperar de esas personas que se enfrentan a la cámara por primera vez. No sé, es interesante estar atento a lo que pasa ahí.

Ahora estaba pensando en lo siguiente: Todos nos hemos enfrentado de alguna manera a que venga el director y te cambie el guion y diga: “No, no, no, mira esto, anoche estuve pensando...”, ahí mismo en el set: “Esto no funciona y hay que hacerlo así”. Y es fantástico, por supuesto, aunque siempre al principio hay una especie de reticencia, un cierto susto, pero la verdad que es fantástico cuando te entregas a esto y te das cuenta que no se necesitaba mucho más, digamos.

SB: Lo bueno es que no somos pilotos, ¿no? No pertenecemos a una industria muy exacta, como manejar un avión.


JA: Iba a decir que a mí me gusta ensayar. Me gusta. Yo empecé muy jovencita. Empecé a trabajar a los 18 años en la televisión colombiana, con intuición. Simplemente me ponía, me daban el texto y a ver qué me pasaba. Después de cuatro años de tener una experiencia bastante grande en televisión en mi país —hice tres series de televisión, luego hice tres películas y dos obras de teatro sin tener una formación—, me fui a España a estudiar con el maestro argentino Juan Carlos Corazza porque tenía una gran necesidad de adquirir herramientas de trabajo y recursos, era una necesidad profunda. A partir de ese momento, mi visión del trabajo cambió y empecé a disfrutar muchísimo más de esto. Entonces tengo un poco la experiencia de haber sido actriz sin formación y después ya empezar a trabajar teniendo más herramientas. Me gusta el trabajo del ensayo siempre y cuando sea para explorar, para probar, para equivocarnos, para meternos a comprender esas naturalezas, esas cabezas, no para mecanizar, no para luego llegar ahí y decir el texto de una manera determinada.


SB: Yo también empecé muy pequeña, cuando tenía catorce, y ahí seguí. Pero lo que dije es que las experiencias son diferentes. Trabajé por ejemplo con Gregory Nava, que está también aquí presente, y ensayábamos pero con el equipo, ya con las cámaras. Toda mi vida ha sido un poco así, leíamos el guio y todo eso, pero la experiencia de tener sólo actores y el director en un lugar sin cámaras... A mí me gustan las cámaras, me ponen tranquila, no hago teatro, aunque hice Hair, pero no cuenta, ¿no? Era una fiesta, no cuenta.

Yo de verdad pienso que el actor es como un animal. Yo tengo muchos amigos actores, como tantos aquí, que son “animales actores” y que si no están trabajando, sufren mucho, les da dolor, les da pena. Por eso digo que yo no me veo así, yo pertenezco a las artes visuales. Pertenecer a la vida es una cosa que me trae una satisfacción muy grande, tal vez diferente de la noción del “animal actor”, que necesita actuar y si no lo hace, sufre. Para mí no, no hay ese sufrimiento. Ahora comprendo mejor también el proceso de ensayar, pienso que perdí un poco del miedo.


JA: Pero yo creo que es muy hermoso también que cada director te propone su juego. En Anna, Jacques, precisamente porque el niño no era actor, pedía que probáramos cosas, que jugáramos, que nos encontráramos, que nos miráramos. Pero también he tenido la experiencia de trabajar en Francia con Olivier Assayas, que es un gran director. Hicimos Carlos, y Olivier no quería ni que habláramos de la escena. Yo me ponía con Édgar Ramírez y si él veía que hablábamos de la escena decía: “No, no, no, no, no. No habléis, no quiero escucharlos hablar. No sé cómo es y no quiero que ustedes sepan tampoco, lo vamos a descubrir juntos”. Lo más loco era que él siempre rueda la primera sin que hayamos ensayado nada y luego rueda otras quince veces la misma.