Y que él me diera la libertad, y en ese sentido estoy muy de acuerdo con Alfredo, de tener una conversación, más que la anotación obsesiva. Me ayudó mucho esa conversación, decir: “Bueno, perfecto, es tu Neruda y Neruda habla como tú hablas”. En la primera escena donde tuve que hablar, que ya en el montaje quedó más o menos como a los quince minutos iniciales, estábamos con Mercedes Morán, esta maravillosa actriz argentina, y los dos estábamos aterrados porque antes de eso sólo habíamos filmado escenas en Buenos Aires, ciertas escenas en movimiento en auto, en fin. Llegó el momento de hablar y dijimos “Bueno, aquí nos tiramos a la piscina”. “Acción” y hablamos... Finalmente, viendo la película dije “No está tan mal”. Pero ése es Neruda. Eso es lo que pasa cuando te enfrentas un personaje histórico de esa importancia y del cual cada quien tiene su propia versión y del que hay registros. Esa es otra dificultad, cómo pones distancia de ese registro para no terminar imitando. Ahora, convenimos ahí con el director en que ese tono que es tan “nerudiano” y tan conocido lo íbamos a adoptar sólo cuando el tipo recitara, y muy levemente. Digamos, comenzaba a recitar y decir en voz alta sus poema y muy levemente iba entrando en ese tono para no casarse con eso porque realmente puede ser una mordaza finalmente.

Esto pasa con un personaje así, un personaje de esta importancia. Antes de esta película me tocó hacer de un cura pedófilo que está vivo y que fue un caso muy hablado en Chile, un cura de la burguesía que además tenía engañada a toda la Iglesia, y que lo protegían también, un caso que se conoció mucho. También se conocía al cura, la gente sabía, lo vio, y gente que fue a ver la película decía: “No, este señor no era así”, ¿me entiendes? Pero no era Neruda, era un cura de mierda que muchos odiaban, otros lo amaban y los que lo amaban fueron a ver cómo caía su ídolo. Pero no era Neruda, ¿te das cuenta? A pesar que ese cura existió y hay registros de él también. Pero no era Neruda, claro. El hacer un personaje como éste tiene ese peso, ¿no? Cada uno tiene una aproximación amorosa hacia un personaje como Neruda, cree tener su propio personaje.

Y bueno, después me han preguntado mucho en qué me pasa a mí, cómo se ha modificado el Neruda que yo tenía, porque obviamente yo tenía un prejuicio. Curiosamente ahí es donde me agrada mucho el poder de la ficción, porque finalmente yo me quedo con el Neruda de la película, independientemente a que lo haya interpretado yo. Eso es lo fantástico de las películas, finalmente te quedas con lo que te entrega ese actor, con lo que te entrega esa película que es un cúmulo de talentos, desde el director, el director de foto, el diseño de producción, todo. Te quedas con ese producto, con el resultado de ese producto y finalmente en tu imaginario logras ser más Neruda que el Neruda que tú creías, o distinto al que tú creías, supongo yo. Pero es una imposición de la cuál hay que hacer un ejercicio de liberación porque puede ser difícil, creo yo. Puede ser más bien una trampa, una mordaza, que una ayuda, interpretar a alguien del cual se tenga registro y conocimiento.

KG: La película lo desmitifica un poco también. Muestran al “poeta del amor” con algunos defectos que acá no nos habían llegado.


LG: Bueno, ese es el gran prejuicio, que es el poeta del amor. Sólo se le conoce por eso.


KG: Exacto, y en tu película de pronto vemos al ser humano.


LG: Es curioso porque siento yo que en Latinoamérica existe más ese prejuicio. A mí me llamó mucho la atención en el Festival de Cannes, que cuando la película se estrenó fue un gran suceso inmediatamente, grandes críticas. Los franceses estaban fascinados porque la película los llevaba a una época donde política y arte eran hermanas, donde habían artistas y escritores que estaban en el mundo de la política también. Los americanos veían otras cosas... en fin. En la rueda de prensa con reporteros latinoamericanos, y españoles curiosamente, que también tenían el mismo prejuicio, caían exactamente en eso: “El poeta del amor... ¿Por qué ustedes caricaturizan a este señor, por qué lo sacan de eso?”. Y ahí me di cuenta que no eran sólo los chilenos que teníamos ese prejuicio; era una cosa más bien regional, porque claro, el idioma es el castellano y todos hemos conocido a Neruda a través de sus poemas de amor, que son los primeros, ¡los escribió a los veinte años! Después de eso, el tipo creció y era un poeta político, profundísimo. Era un tipo además experimental, incluso, juntaba unas palabras que jamás se habrían de juntar y por ahí lograba unos conceptos increíbles y unas imágenes poéticas maravillosas. Pero sólo conocemos a Neruda a través de eso, entonces es difícil. Es lo más cercano, porque todos hemos mandado un poemita de Neruda alguna vez en la vida haciéndonos pasar por poetas.


MP: Qué bueno tener esta conversación. Yo interpreté a la anterior reina de España, Sofía. Viva, claro, no tenemos nada que ver. Yo soy más delgada, ella tiene unas piernas gorditas... Ella es de origen griego, educada en un colegio francés, viviendo a partir de los 16 años en Suiza, una mezcla de cosas que hacen que su forma de habla fuera muy específica. Bueno, yo todo lo demás lo podía medio trajinar, ocultar, engañar, pero lo otro no tenía idea de por dónde meterme. No sabía porque era muy difícil tratar de hacer un perfil de la forma de hablar castellano, con todo ese bagaje de formación totalmente distinta. No teníamos tres años, ni un año, no teníamos seis meses, sino un mes para hacer eso en dos capítulos de una hora; no teníamos posibilidad de invitar a un profesor griego para perfeccionar el acento. Yo tenía unos pequeños registros pequeños de la voz de la reina, de los discursos, y cuando había sido yo presidenta de la Academia de Cine Español había coincidido con ella, porque patrocinaba algunas actividades donde estaba involucrada la Academia, y la había conocido.