Se le mira...

Se le observa... pensar.

Se observa cómo opera ese pensamiento,

cómo se desenvuelve, cómo se desarrolla, cómo se porta el cadáver.


El actor se recuerda a sí mismo en ese mirar,
recuerda su cuerpo cadáver.

Mira con una mirada no distante ni crítica,
sino una mirada extrañada,
una mirada que se duele por él mismo
pero una vez muerto.

Una mirada fascinada,

ejercida desde un intersticio de su mismo cadáver.


Y rememora su vida... su vida buena y mala.
La ve suceder fuera de él, en ese cuerpo tercero,
en otro paisaje, en el paisaje de la memoria.


Y se pone a pensar, a desear vivir su vida.

Se desliza en ese otro cuerpo para ser parte de esa representación de sí mismo.


Este es el trabajo de un cuerpo que representa, que actúa, que muta:
materializar la muerte y la vida, con un gusto abyecto por lo sobrenatural,
dejando que lo monstruoso irrumpa, súbitamente,

junto con el terror, la fascinación y el goce.


Siempre intento fundar un corpus estético e ideológico que una y ate a los sujetos 
que me
toca interpretar. En los que he interpretado hasta el momento, puedo intuir 
el surgimiento
en mi propio cuerpo e imaginario de esos cuerpos de nuestro tercer mundo, que
obviamente por mi pertenencia y origen es también mi cuerpo:


Cuerpos honrados por la naturaleza, unidades orgánicas de lenguaje y carne, habitados
por la violencia de los sentidos, organismos de inteligencia encarnada, cuerpos donde
habita la bestia prenatal.


Con estos sujetos que me ha correspondido interpretar, hemos sido un solo organismo,
intentando subvertir el fundamento hasta ahora inamovible de las cosas,
 intentando
cambiar el ángulo de la realidad:

Ya no hay un “héroe” en el cual el espectador pueda poner sus esperanzas de redención,
como estipula cierta narrativa y dramaturgia moral,

sino sujetos que trabajan más en el silencio, en una gestualidad preverbal, quebrantando
la realidad, imponiendo una ética ligada de las pulsiones.
Haciendo surgir un sujeto peligroso.


Se crea en estos personajes o sujetos de ficción, y en mí en tanto intérprete, confundidos
en ese tercer cuerpo, una experiencia orgánica que subvierte el sentido 
del gusto, de lo
bello y todas las categorías morales y neoliberales, ingresando en
 una estructura de
pensamiento compleja, exponiendo a un sujeto como un jeroglífico en su propio cuerpo.


Personajes sin redención, sin culpa, con una ética corrompida
por haber sido despojados ellos mismos de todo sustento mítico,
de toda estructura política y pertenencia ideológica,
habiéndoseles condenado a una miseria material y psíquica.


Este corpus estético e ideológico que me ha correspondido interpretar hasta
ahora lo componen personajes que se sienten impunes/inmunes,

y que atribuyen esta impunidad e inmunidad al destino fatal,

el peso del drama que los abruma, complaciéndose en cierto cinismo,
reclamando su pertenencia, imponiendo su legítima violencia.


Influidos por la religión, por la crueldad ejercida durante la dictadura, por civiles,
obsecuentes jóvenes conscriptos y por los altos mandos,

su lógica de pensamiento es que si el Estado, si la Iglesia, si cierta clase social puede,
de manera pasiva o por omisión, matar y hacer desaparecer a un supuesto enemigo,
peligroso para su integridad, ¿por qué yo no puedo ejercer ese mismo derecho si esas
mismas instituciones me han despojado a mí de toda mi dignidad?


La crueldad de la que hablo y que está presente en estos personajes no se refiere
necesariamente a la violencia física, aunque esta sí pueda existir. Ellos buscan más bien
la transgresión, que encuentran en las periferias donde ronda el tabú y se rompen 
las
imposiciones morales o religiosas de una civilización que los ha expulsado. 
Ellos cobran
su venganza con una violencia sorda, sola y despiadada, mediante el ejercicio de una
violencia y una sexualidad literalmente desaforada, fuera de lo común.


En tanto sujetos inútiles, omitidos política y socialmente, lo único que pareciera restarles
es la facultad de replantearse orgánicamente, de tender un lazo a los órganos.