Los documentalistas mexicanos están muy fuertes. En la ficción en general siento (estoy hablando en términos muy generales) que hay una influencia demasiado trágica de la muy mala televisión que hacemos y de la norteamericana. Los actores suelen hablar como en un código, parece que están practicando, siento que ahí, algo nos está fallando. Somos buenos, me parece, para el cine de género, para cierto tipo de género. En la comedia hay algunas cosas que funcionan, pero creo que el cine mexicano que no es de codificación no es potente. Digo, tampoco puede haber cien cineastas buenísimos en todos los países, pero creo que ahí falta un poco todavía.

Diego: Y esto que dices que estás pensando en una película histórica, me imagino que sería la primera. ¿Habrá también un momento en el que el contenido, todo tu cúmulo de vivencias, de referencias íntimas, personales, se empiece a agotar esa cantera? Que es lo que les pasa a muchos creadores, sobre todo en la literatura, y empiezan a experimentar ya no en el lenguaje, que ya sabemos que siempre va a ocurrir, sino también en el contenido...


Carlos: De hecho, tal vez pase algún día, pero creo que no me está pasando ni me va a pasar pronto porque ya estoy teniendo ganas de no hacerla para hacer algo muy cercano otra vez.

Desde que hice mi primera película, quise hacer una película bélica. También he querido hacer películas históricas. Una película sobre la conquista de Tenochtitlan. Pero a la hora que me acerco, ya quiero hacer algo personal y cambio. Herzog también fue alguien muy importante cuando hicimos Japón. Cuando hablabas de lo de “guerrilla”... siempre he trabajado con equipos pequeños, pero en Japón éramos 20, el equipo más grande con el que he trabajado en mi vida. Luego aprendí a ir reduciendo y me gusta trabajar con la menos gente que sea posible. Me acuerdo que Herzog había sido una influencia importantísima para mí (como dices, el Herzog de ficción), muy en concreto Aguirre, El enigma de Gaspar Hauser, Stroszek [La balada de Bruno S.], Woyzeck, También los enanos empezaron pequeños y por supuesto su Nosferatu; Fitzcarraldo es una película que nunca me gustó tanto, pero me gusta mucho el proceso y cómo hizo las cosas.


Cuando estábamos filmando todo era muy físico. Ferretis tenía polio, ¿ven que cojea? Una de sus piernas era muy delgada. Había que cargarlo en la espalda, para arriba, para abajo; estábamos como en una especie de trance. Me acuerdo que yo decía: “Si se cae o me caigo yo, tú sigues filmando hasta el final...”. Hacíamos cosas arriesgadas y eso lo seguí haciendo hasta mi tercera película, hasta que un día casi nos matamos en la carretera.


Diego: ¿Pero sí eres algo militar a la hora del rodaje?



Carlos: Sí, totalmente. Pero no hace falta tiranizar, tan solo entender la estructura de un rodaje.


Abraham: Pues eso es el cine ¿no?


Carlos: Sí, claro que es un trabajo colectivo, como pintar un mural. Alguien tenía que preparar el pigmento para los muralistas mexicanos, otro armaba los andamios y algunos más pintaban los fondos. El cine es un trabajo colectivo físicamente, pero se trata de poder transmitir o materializar la visión personal de un individuo, y los demás son colaboradores al servicio de esa visión, de lo contrario no habrá “ni chicha ni limonada”. Ese es el objetivo final del arte, materializar la visión de un ser específico.

Lo que es increíble del arte en todas sus expresiones es cuando oyes a Beethoven, por ejemplo, y percibes o puedes sentir, en última instancia, una forma de sentir la vida, la suya.