Por eso este gran anhelo del ser humano de poder ser otro ser, otro hombre, otra mujer, aunque sea por un día o unas horas (que no se puede lograr más que en las películas norteamericanas, medio de chiste). Semejante imposibilidad tiene un remedio: se puede sentir ser otro, quizá parcial pero definitivamente, a través de la expresión artística. Por eso un artista profundo —no hablo del mundo del arte contemporáneo donde se autodenominan artistas todos— logra transmitir, en algún soporte físico, su visión de la existencia, lo que es muy cercano a un milagro.


Diego: Enrique Vila-Matas tiene una novelita que se llama El mal de Montano, donde el personaje es un tipo que está enfermo de literatura, que no puede vivir de manera normal porque todo lo necesita convertir en literatura. Quizá no importa quién eres tú porque lo que importa es tu visión y lo que nos muestras en las películas, pero antes de conocerte —yo acabo de conocerte en persona—, te imaginaba como ese personaje enfermo de cine, todo el tiempo pensando en planos con sus hijas, mientras hacías algo, como una enfermedad del cine...


Carlos: Pues ya ves que no es así... Al menos en una de las capas que me constituyen, la que está expuesta ahora. Somos más complejos, más “indeterminados” para ser precisos, que cualquier personaje. Por eso siempre me ha repelido la idea de “construir personajes”. Me parece equivalente a simplificar al ser humano que precisamente se constituye por cúmulos de estratos que, además de no cesar de cambiar de posición entre sí, pueden estar expuestos varios al mismo tiempo e incluso ser antagónicos entre sí. Afortunadamente, me gusta muchísimo hacer películas y ahora estoy acabando una que llevo cuatro años haciendo (Nuestro tiempo), que ha sido muy densa y deseo con ganas terminar pronto, para poder construir un granero y una cuadra abierta para animales en mi casa. Me voy a dedicar un año y medio sólo a temas de construcción. Me gusta complementar ambas cosas.

En otra capa, una preponderante seguramente, siempre he sentido el cine desde que escribo los guiones. Cuando dibujo los storyboards empiezo a sentir los movimientos de la cámara, los colores, los sonidos, como algo casi hipnótico, casi como una visión de trance. Escribo rápido; el bagaje que puedo tener o el gusto que puede haber por cierto lenguaje tiene que entrar de una manera instintiva y muy natural. No me la paso pensando de manera muy racional sobre esos temas. No necesito preguntarme por qué, como los ingenieros. La intuición sensible debe mandar. Pienso que todo lo que experimentas cada día, desde una conversación banal hasta ver una película, va formando tu visión de la vida de manera inconsciente. Al final eso es lo que haces, lo que piensas y lo que sientes. Eso eres por dentro; por fuera eres tus actos.


Abraham: Yo también creo eso, que de alguna manera va uno redactando, digamos, ese manifiesto, esa declaración de principios que toma una forma en el espacio, en forma de poema, de sinfonía, de película, pero no es una cosa esquemática ni es un programa, vamos a decirlo de la manera estratégica productiva del neoliberalismo: va sucediendo y de una manera tú la encadenas en algún punto, que tampoco significa epifanía, va sucediendo.


Carlos: Es muy interesante el tema de qué vas a hacer y a qué recurres. Por ejemplo, un cineasta poderosísimo, no necesariamente como artista, pero sí como hacedor de películas, Kubrick, tenía estas ideas de ciertas películas que quería hacer, como la famosa película de Napoleón. A mí me pasa que pienso en ciertas películas, pero al final cambio siempre, como esta del siglo XIX, por el tema occidental que finalmente es el tema de las élites en México y que fue lo que estructuró al país, por lo menos en forma teórica. Y luego el desfase que hay con todo lo que es la realidad de México mezclado con la guerra con Estados Unidos, que fue trágica a un nivel hoy insospechado. Me parece que hay poco análisis de lo que significó la guerra con Estados Unidos para nosotros. Veinticinco años después de la Independencia y por fin liberarnos de los españoles, entran diez mil güeros altos en sus caballos por el mismo lugar, otra vez desde Veracruz, para acabar con la ciudad más grande de América, y nos vuelven a hundir. Un tema que siempre está presente en mi vida.


Diego: ¿El trauma?


Carlos: El trauma no específicamente; me interesa la tensión que hay entre la visión llamémosle, anglosajona-germánica-protestante de la vida y la nuestra indígena-caciquista-católica. La nuestra es “la ineficiencia”; la de ellos, “la eficacia”. Pero al final de cuentas, tal eficacia siempre es ambición disfrazada de virtud... Nuestra ineficiencia es más un resultado del tema budista-natural que mencioné. Pero lo que quería decir es que a diferencia de un profesional como Kubrick, yo que soy más artesano, digamos, cambio de película siempre, porque cambio todos los días y eso me determina.


Abraham: Al final es curioso porque esta película, que de algún modo estás describiendo que quieres hacer, está ya afincada en tu película sobre la Revolución: esta diferencia de clases, esta diferencia de razas. Muestra ese grado radical de intolerancia que vivimos cotidianamente en esta sociedad, ya está ahí.


Carlos: A nivel temático tal vez es algo que está en todas mis películas. Más que la intolerancia, es el desfase, el extraño acoplamiento, porque sí hay un acoplamiento que también nos enriquece poderosamente. Nosotros como sociedad tenemos una capacidad de adaptación de conocimiento mayor que muchos otros países que son homogéneos. Nos hace muy diversos y ricos, pero también más conflictivos.


Diego: Siempre que vengo al D.F., veo los grandes tianguis [mercados sobre ruedas] y los comercios en la calle. Entiendo que esto deviene de una resistencia, una resistencia indígena, a final de cuentas, a esta idea occidental de ciudad. Pero cuando veía la película otra vez, me quedé pensando en lo que tú te conviertes en la historia del arte o del cine o del país: ya eres un realizador del siglo XXI, empiezas a presentar tu obra en el siglo XXI, y es en México, con la estructura que creó la clase dominante para convencernos que estamos en un camino o ruta —cuando da la impresión que no hay tal—, y nos venden esta idea de que entramos a una democracia desde el año 2000.