INTRODUCCIÓN


Cuando Ricardo Giraldo, director de Cinema23, me propuso una plática sobre Japón, pensé que sería una buena idea invitar a dos personas que no fueran de cine. Quería evitar un enfoque demasiado orientado a cinéfilos, como suele ocurrir en este tipo de charlas. Acudieron a nuestro llamado dos personas intensas y profundas. Una en lo artístico y otra en lo sociológico, pero ambas complementarias en sentido inverso. Es decir, Abraham Cruzvillegas es un artista con una preocupación muy acusada sobre el lugar del ser humano en México. Se interroga sin parar y desde siempre sobre nuestro papel aquí y ahora, en su obra y su discurso. Diego Osorno es un pensador social que trasciende la reflexión de escritorio para establecer contacto directo con lo que nos rodea hoy —horror indecible demasiado de ello— y además le sobran creatividad y sensibilidad artística. Recuerdo que el día de la conversación que aquí se transcribe, me sentí con una suerte de obligación de contar todo sobre Japón; ahora que la he leído, me doy cuenta cuanto me equivoqué: no oímos las voces de Diego y Abraham tanto como quisiera. Lo lamento y espero que el lector me perdone por no haberle sacado mayor provecho a dos seres tan generosos y con tanto que decir.

Quisiera agregar que al leer la transcripción, sentí patente la deficiencia del lenguaje oral cuando se torna en letra escrita. Para remediarlo me permití aclarar varios conceptos que aquel día esbocé de forma confusa. Traté de mantener el tono y ser leal al contenido. Retoqué para aclarar lo que me parecía que por escrito no era comprensible o haría de la lectura un proceso fatigoso o sombrío.



Carlos Reygadas

UNA CONVERSACIÓN SOBRE LA PELÍCULA JAPÓN



Carlos Reygadas: Muchas gracias por estar aquí, gracias a Diego [Osorno] y a Abraham [Cruz Villegas] por acompañarnos.


Abraham Cruz Villegas: Le estaba diciendo a Diego que vi Japón hace mucho tiempo, cuando recién había salido. No la había vuelto a ver porque la idea de verla en una computadora o en un monitor no me seducía, y me daba mucha emoción poder verla en este “formatísimo” [35 mm con ratio de 2.66:1].

Me encantó cómo “refrescaron” un montón de imágenes; me hizo pensar de nuevo en la historia del arte. Más allá del lenguaje cinematográfico, me recordó al naturalismo de los flamencos, a los pintores del Renacimiento, donde ves las verrugas, las arrugas, los granos, el defecto, la carie, la caspa de la gente, apelando a un grado superlativo de humanidad. Sobre todo, me hizo recordar la transición de la pintura del Renacimiento, donde se trataba de hablar de lo divino y las cortes celestiales, de lo noble y lo sagrado, a lo cotidiano, digámoslo así: a la invención de la cotidianidad, donde ya no es el rey y sus enanos, sino la carnicería, las tripas y el hocico del buey, la carne, nuestra carne y nuestra relación con la naturaleza, con el charco, con la mugre, con el animalito que ladra y que puja igual que yo. A ese retrato de Hermenegildo Bustos que, sin proponérselo, fue naturalista, los retratitos del paisano y de la señora que va arriando las chivas y que es la que lava el calzón, cuando es tu propia tía o tú mismo.

Me gustó mucho la parte más compleja, más dinámica, la parte política —entiendo que Diego pueda tener un punto de vista más agudo que el mío—, en donde también hay ese retrato atravesado por la “realidad humana”, para no decir mexicana porque sería aplanar el paisaje. Entiendo que no es solo sobre lo mexicano, sino sobre la vulnerabilidad humana: paisaje descarnado, bruto, cruel, violento, canalla, del que somos parte; donde somos también el problema y la cochinada. Me encantó reconocerme en el problema y en el batidero donde también a mí se me antoja treparme en la yegua y darme de madrazos con el injusto, con el “gandalla” —que además es mi pariente—, y que soy yo al final.


Diego Osorno: Fíjate, a mí también me gustó esta experiencia de volver a ver la película casi quince años después. Recuerdo el impacto y la controversia que provocó, la discusión y el apasionamiento: una serie de preguntas que en el extremo más ridículo iban hacia la cordura incluso del director, si estaba cuerdo o no, o qué te estaba pasando [a Carlos Reygadas]. Volví a verla la semana pasada como una película que forma parte de un catálogo donde están las películas clásicas, donde queda claro que el loco aquel era en realidad un maestro que estaba abriendo una brecha muy interesante, y que además no la traicionó con las demás películas. Creo que políticamente eso es lo más atractivo para mí de la figura de Reygadas como creador.